Sara Chaparro Olmo, 2017

Aunque sólo sea por ser consecuente en algo con mi planteamiento, comencemos con una pequeña anécdota de academia: la primera vez que presté atención a lo que Isabel hacía fue en un curso de grabado de la facultad, donde coincidimos algunos años. Uno de los ejercicios era de xilografía y a ella, ni corta ni perezosa, se le ocurrió coger una tabla de cortar de cocina toda vieja y usada y hacer una serie de estampas de prueba, sin darle mucha más importancia. Después de todo, lo único que de ahí podía salir era el barullo de líneas de las numerosas incisiones del cuchillo en la madera. Nada más y nada menos. Sin embargo, con todo lo simple que se nos antoje que es, estaba mucho más cargado de significado e historia (con minúscula) que lo que el resto podríamos haber concebido a esas alturas de nuestro aprendizaje. Yo ni me acuerdo de lo que hice, y si pudiera, probablemente no lo admitiría por vergüenza. Parece un hecho sin relevancia, pero es en su insignificancia donde se muestra su valor representativo, pues ilustra en buena forma la actitud de Isabel no sólo hacia el proceso creativo sino hacia las cosas en sí mismas. El núcleo de la cuestión está en no aceptar nada como definitivo, y por extensión, definido. Una tabla de cortar no es sólo un objeto utilitario, tiene en su materia huellas que pueden ser leídas, cada hendidura es una marca de tiempo, o una cicatriz, como ella diría.


Todas las cosas son dignas de ponerse bajo un atento foco, ya que nada es igual por siempre y para siempre, y merece la pena rascar la superficie del pasado para ver qué hay debajo. Ahí reside el alma de las cosas y por ello, hasta el objeto más ínfimo puede ser tratado como si tuviera vida y corporeidad, no sólo como si las representara. Inanimado no es sinónimo de inerte en este contexto que podríamos llamar poético.

Consecuentemente, el material primario para tratarlas es casi siempre el papel, por sus potenciales connotaciones, aunque no sólo. Así, un simple cuaderno de notas se convierte a la vez en proyección psicológica y en terreno sensible a cambios por estratificación, donde, sí, los pensamientos se han sucedido de manera lineal pero sólo aparentemente, pues con el tiempo acaban acumulándose, permaneciendo unos en las profundidades y otros aflorando y aferrándose a la superficie a través de revisiones, tachaduras, sobreescrituras y borrados más o menos imperfectos. Por consiguiente, se pueden tomar estas páginas como objeto de estudio arqueológico, y se aplican a ellas métodos propios de una excavación. No es casualidad la doble metáfora aquí desplegada: ya en el nacimiento de la psicología moderna Freud encontró paralelismos entre la nueva disciplina y la arqueología.

Otras veces echa mano Isabel de sentimiento religioso, haciendo que, por ejemplo, la fabricación de papel se convierta en un proceso casi litúrgico con miras a obtener un soporte de pureza y blancura absolutas, subrayando esta analogía con marcas de agua que representan basílicas paleocristianas; o incluso toma prestado del espiritismo, para que un molde de papel, arrancado como una piel de la pared de una buhardilla, sirva de medio de invocación y fijación de un muerto. Las posibilidades son infinitas. El resultado, sin embargo, se haya siempre lejos de la inmaculada perfección; tal tragedia es atestiguada también por el molde de Laura, un cuerpo femenino, joven y bello que no acaba sino convirtiéndose en un horrible Frankenstein. En esencia, lo único que podemos considerar sagrado de estos papeles es el vacío que dejan.


Es paradójico que todo este trabajo por contener la destrucción, por llegar a lo sublime, a lo que trasciende la existencia si es que se da, venga unido a una plena conciencia de que todo esfuerzo es fútil, que el ciclo vital es humanamente irreversible y que el proceso de degradación también puede contener estadios de belleza. ¿Cuál es entonces el sentido de todo ello? Aún a riesgo de que suene terriblemente ingenuo, no se me ocurre otra respuesta que la emotividad, el amor por las cosas por pequeñas que sean, y un respeto por la memoria de aquello y aquellos que ya no son o ya no están. Esto en sí mismo ya es un signo de trascendencia.

Texto escrito para el portfolio Isabel Carralero. Descarga libre en: 

 

 

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