Sara Chaparro Olmo, 2017

«Todas las casas en las que ha vivido y muerto gente son casas encantadas; a través de las puertas abiertas los fantasmas en su errar se deslizan con pies inaudibles sobre el suelo. Los encontramos en la entrada, en las escaleras; vienen y van a lo largo de los pasillos, impalpables impresiones en el aire...»[1]

 

Si bien no como lo entiende el espiritismo, una casa abandonada tras la muerte bien puede afirmarse que es una casa encantada. La disposición del mobiliario, el arreglo de las habitaciones, la elección de los cuadros y recuerdos, la erosión de los suelos, escaleras, pomos... todas las trazas dejadas por una vida pasada conforman una proyección del alma o almas que allí vivieron y le otorgan un carácter intrínseco: el hogar de alguien concreto y no de otro, el lugar predilecto de un individuo para guardarse de todo aquello de que se debiera guardar en vida. Así, desde que los hombres son sedentarios, su perspectiva íntima es inmutable, siempre miran afuera desde la misma ventana, de igual manera que siempre miran a través de los mismos ojos. No es locura equiparar la casa al cuerpo y su habitante al alma, o lo que es lo mismo, decir que mientras esté habitado, el hogar tiene vida interior, propia y esencialmente privada, en directa correlación con la psique humana.

Cuando uno muere, la mayor dignidad que se le puede otorgar es la memoria; y si de esta manera una persona trasciende la mente y el cuerpo, si la casa abandonada es el cadáver del ser humano, una parte de él puede aún ser honrada como permanencia casi viva; una ruina bien conservada es como un cuerpo embalsamado que retiene mucho del espíritu de la persona a ojos familiares. Sin embargo, de una casa demolida no ya sólo se escapa la vida, sino también su fantasma, el recuerdo. Recuerdo... ¿y para qué esa necesidad caprichosa? ¿Por qué ese ahínco por acumular y preservar cuantas huellas sean precisas, aún siendo aquello que significan digno de ser recordado? La cosa parece fácil: si es digno, se sobreentiende entonces que es apropiado, y no molesto, que se conserve de ello cuanto más mejor. No obstante el asunto se revela en verdad en otras palabras: se tiene miedo a olvidar, perdiendo así la facultad de encarar el futuro teniendo presente el pasado. Así como suena. Después de todo, uno no existe sin el otro; una persona sin expectativas reniega de su vida, como Ivan Ilich en su lecho de muerte, y la recuerda amargamente, desea haber sido otro o haber vivido diferente; o al revés, una sin pasado, sin recuerdos, recela de su propia persona, duda de tener su propio futuro.[2]

En Casa Tía Juliana (nótese que el nombre prescinde de posesivos: casa y persona parecen una) tenemos una casa arruinada, rechazada, rendida a una maquinaria pesada que la desecha de sentido, desmiembra e incluso, por si el escarnio fuera poco antes de desaparecer, expone y esparce sus entrañas sin pudor y a la vista de todos: un pobre Osiris. Total, ceniza a las cenizas, polvo al polvo. Y no somos nada. Pues según Plutarco, una Isis tenaz reunió e insufló nueva vida a las partes de su consorte (si bien precisamente no logró encontrar sus partes, valga la broma), dejando tumbas allá donde encontrar un fragmento para que recibiera honores y nadie olvidara;[3] y es que tal y como trasluce mi licenciosa interpretación del mito y probablemente de estas páginas, la parte más vital de la memoria es que pervive siempre, aún queriendo ser destruida, en tanto que haya quien sobreviva a su supresión o venga quien tenga el afán de exhumarla y amorosamente reconstruirla.

 

[1] Lillian Gish en Mrs. Winchester's House [documental]. Dirigida por Dick Williams. USA: KPIX-TV, 1963.

[2] Véase TOLSTÓI, Leon. La muerte de Iván Ilich. Edición. Lugar de publicación: editorial, año.

[3] PLUTARCO, Obras morales y de costumbres, (Moralia). VI. Isis y Osiris, diálogos píticos. Introducción, traducción y notas de Francisca Pordomingo Pardo y José Antonio Fernández Delgado.  Madrid: Gredos, 1995; p. 93.

Texto escrito con motivo de la exposición individual La casa es una gran cuna, Galería Modus Operandi, Madrid.

ISBN: 978-84-697-3705-7

Descarga libre en: https://issuu.com/isabelcarralero/docs/sintitulo4definitivo

 

 

  • Isabel Carralero
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